jueves, agosto 13, 2026

Cómo debería responderse a una emergencia de gran magnitud

 A propósito del Terremoto que afecto 16 departamentos en Colombia el 10 de agosto de 2026, he rescatado y actualizado este texto con base en unas preguntas orientadoras. Las cifras y marcos verificados con fuentes oficiales (ver enlaces al final).

Una advertencia antes de empezar: este es un tema muy largo y complejo, que intento resumir, así que quedarán muchos elementos por fuera; pero, en aras de la claridad, se los paso resumidos. muchos de estos estan en un video detallado que inclusto en este post.

Los principios humanitarios: la brújula de toda la respuesta

Antes que cualquier técnica o estructura, toda la respuesta se guía por cuatro principios humanitarios acordados por la comunidad internacional. No son teoría: son la brújula que alinea cada decisión y cada acción en el terreno.

  • Humanidad. El sufrimiento humano debe atenderse dondequiera que se encuentre; el fin es proteger la vida, la salud y la dignidad de las personas. En la práctica: las personas primero, siempre.
  • Imparcialidad. La ayuda se brinda solo con base en la necesidad, sin discriminación por nacionalidad, etnia, religión, género u opinión, dando prioridad a los casos más urgentes. En la práctica: la necesidad manda; por eso medimos brechas y severidad, no simpatías.
  • Neutralidad. No se toma partido en hostilidades ni en controversias políticas, raciales, religiosas o ideológicas. En la práctica: la ayuda no se instrumentaliza ni se usa para favorecer a ninguna parte.
  • Independencia. La acción humanitaria es autónoma frente a los objetivos políticos, económicos o militares. En la práctica: se decide por criterios humanitarios, no por la conveniencia de ningún actor.

Estos cuatro principios se traducen operativamente en un compromiso práctico: la acción sin daño (Do No Harm), es decir, asegurarse de que la ayuda no genere nuevos riesgos ni tensiones. Todo lo que sigue —evaluaciones, equipos, coordinación, datos— existe para llevar estos principios a la acción.

¿Qué es lo primero que debería ocurrir cuando se presenta un desastre de esta magnitud?

Lo primero que aclaro siempre es que depende del tipo de emergencia y, sobre todo, que la buena respuesta empieza antes del desastre. La comunidad humanitaria cuenta con mecanismos ya probados. Uno es el Virtual OSOCC, una especie de sala de crisis virtual donde nos encontramos los actores humanitarios cuando ocurre una emergencia: es una herramienta antigua, pero muy funcional. Forma parte del GDACS (Sistema Global de Alerta y Coordinación de Desastres), gestionado por la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) junto con la Comisión Europea.

A nivel global existen redes de expertos listas para desplegarse. La primera son los equipos UNDAC (United Nations Disaster Assessment and Coordination): personas de la ONU o de protección civil, entrenadas, capaces de desplegarse en 24 a 48 horas a cualquier parte del mundo, siempre a solicitud del país afectado —en la práctica ese llamado es casi automático— y sin costo para ese país. Llegan con experticia en evaluación de daños y coordinación, se sientan al lado de las máximas autoridades nacionales para complementar su capacidad, y suelen montar un centro de coordinación en el terreno (el OSOCC).

Otro ejemplo es la búsqueda y rescate urbana (USAR, por Urban Search and Rescue), coordinada por la red INSARAG, cuya secretaría técnica está en OCHA. INSARAG registra y, sobre todo, clasifica a los equipos mediante una evaluación entre pares (la clasificación externa o IEC) en tres niveles —liviano, mediano y pesado—, con reclasificación periódica para mantener su capacidad vigente. Estar clasificado significa que son profesionales con respaldo, que han cumplido estándares y entrenamientos exigentes (un equipo mediano requiere al menos 38 personas; uno pesado, 55). Suelen ser cuerpos de bomberos o unidades especializadas de las fuerzas armadas. Aquí Colombia tiene un motivo de orgullo: su equipo USAR‑COL 1 está clasificado internacionalmente como mediano (reclasificado en junio de 2026) y es el país con más equipos registrados de la región.

También están los EMT (Emergency Medical Teams), antes llamados FMT (Foreign Medical Teams). Un EMT es, por ejemplo, la planta de un hospital: personas que trabajan juntas todos los días, que se conocen, se tienen confianza y se han entrenado como equipo para desplegarse y apoyar el sistema de salud de un país afectado. Su gran impulso vino tras el tifón Haiyan, en Filipinas (2013), cuando llegaron más de 150 equipos con calidad muy despareja; a partir de ahí la OMS creó una clasificación por tipos y estándares de calidad, que se enriquecieron durante la epidemia de ébola en África Occidental. Hoy se promueve su certificación.

Para los terremotos, además, hay sismógrafos y otros instrumentos conectados en red. Plataformas como GDACS (OCHA y Comisión Europea) o el Pacific Disaster Center reciben automáticamente la información del sismo —cuándo y dónde ocurrió— apenas se produce. Al detectarse el terremoto, los equipos USAR son notificados y pasan por fases: monitorear (revisar la situación para decidir), ponerse en alistamiento (llamar a sus miembros), activarse o dar “stand down”. Lo ideal es que los que se activan informen en el Virtual OSOCC con qué capacidad llegan: cuántos miembros, con qué especialidades, si llevan caninos, qué equipos traen y qué autonomía tienen (cuántos días pueden operar sin apoyo, con su propia agua, alimento y comunicaciones).

Mientras tanto se realizan las evaluaciones —de UNDAC o, en Colombia, del Sistema Nacional de Gestión del Riesgo— y, algo muy importante, las iniciativas de movilización ciudadana, que aportan información valiosa y complementan las evaluaciones oficiales. Un caso emblemático fue Haití en 2010, con el proyecto Ushahidi, que permitió mapear la crisis muy rápido a partir de mensajes de la propia población. Toda esa información se junta para tener una imagen de la emergencia mientras llegan los refuerzos externos. Y algo clave: al inicio siempre hay confusión; por eso en manejo de incidentes hablamos de la “regla del no arrepentimiento”: es mejor movilizar de más y poder responder, que quedarse corto y perder tiempo. Cuando llegan los equipos, idealmente los evaluadores ya han identificado las zonas prioritarias; ahí son cruciales los acuerdos previos de cancillería y aduanas para que todo fluya.

¿Cómo se organiza una respuesta de emergencia en las primeras horas?

Las organizaciones y autoridades locales son las responsables de las evaluaciones y de la respuesta inicial. Su primera tarea es reconocer con honestidad si tienen o no la capacidad y, si no la tienen, hacer el llamado internacional lo antes posible. En un terremoto hay que tener especial cuidado con las réplicas. Las autoridades deben seguir sus protocolos —Colombia tiene protocolos excelentes, aunque lamentablemente a veces los funcionarios no los conocen, o las entidades envían a personas sin el rango ni el poder de decisión necesarios, y eso cuesta tiempo—.

Desde muy temprano debe producirse un SitRep o informe de situación. Van numerados y se entiende que sean incompletos e imperfectos; su valor está en informar a tiempo, no en ser perfectos. En teoría, cada quien activa su plan: las familias su plan familiar de emergencia, las escuelas el escolar, las empresas el empresarial, y las alcaldías y gobernaciones los suyos, enviando la información que tengan a la sala de crisis nacional o al OSOCC. Para todo esto se necesitan profesionales, y ahí la ONU es clave para apoyar y para implementar las buenas prácticas.

Video explicativo de Kitum.org donde explican en mayor detalle estos puntos. 


¿Cómo se determina qué tipo y cuántos equipos de rescate se necesitan después de un desastre?

Con base en las evaluaciones, pero siempre bajo el marco del no arrepentimiento. La pregunta correcta es cuál es la necesidad real y de qué tipo; con eso se responde cuántos y qué equipos hacen falta. Por eso existe el Virtual OSOCC y por eso debe mantenerse actualizado con la información de todas las organizaciones involucradas: es el tablero común que evita tomar decisiones a ciegas.

¿De qué depende la capacidad de respuesta que necesita un territorio?

La palabra clave es la brecha. Todos los territorios tienen alguna capacidad. Imaginemos un municipio que puede atender a 100 personas, pero la necesidad es de 150: esa diferencia de 50 es la clave. En las evaluaciones usamos la información preliminar y los datos de afectación precisamente para dimensionar esa brecha, porque es la que define cuánto refuerzo se necesita.

¿Es posible que un solo país pueda asumir todas esas competencias?

Depende del tamaño de la emergencia. Hay emergencias “cotidianas” que la autoridad local atiende sin problema; otras requieren apoyo de vecinos, por ejemplo de ciudades cercanas. Pero cuando la emergencia supera la capacidad del país se activa una respuesta de gran escala, lo que hoy se llama Scale‑Up (antes “nivel 3” o L3). El Comité Permanente entre Organismos (IASC) es quien decide y monitorea esas activaciones, con base en cinco criterios: escala, complejidad, urgencia, capacidad y riesgo de no poder responder. Activar un Scale‑Up moviliza recursos y mecanismos de apoyo cruciales, y es una medida acotada en el tiempo. La historia muestra que no es común que un país rechace la ayuda cuando la emergencia es grande o cuando la brecha entre la capacidad y la necesidad es amplia. Siempre se toman las desiciones con base en al informacion disponible, y la recolecion y procesamiento de esa información suele tomar tiempo, lo que resulta siempre conflictivo.

¿Qué papel cumplen los equipos USAR dentro de una emergencia?

Los equipos USAR son los especialistas en búsqueda y rescate en estructuras colapsadas. Como decía, se organizan bajo los estándares de INSARAG y se clasifican en livianos, medianos y pesados mediante una evaluación entre pares, con reclasificaciones periódicas para mantener su capacidad vigente. Estar clasificado da una garantía: se sabe que el equipo cumple estándares internacionales, que está entrenado y equipado, y que sabe integrarse a la coordinación del país afectado sin improvisar. Su reloj corre contra el tiempo, porque las probabilidades de rescate con vida disminuyen rápido tras el colapso.

¿Qué diferencia hay entre la labor de un equipo especializado de rescate y la de los organismos de socorro o las comunidades?

La diferencia está en el nivel de preparación, el equipamiento y los recursos. Un equipo especializado llega certificado, con herramientas y protocolos propios. Los organismos de socorro y, sobre todo, las comunidades cumplen un papel esencial, pero hay que promover el principio de acción sin daño para que su ayuda realmente aporte valor y no genere nuevos riesgos. Hay experiencias muy ricas de involucramiento comunitario que lo demuestran.

¿Cómo deberían trabajar todos esos actores para evitar duplicar esfuerzos o dejar zonas sin atender?

La clave es la identificación de brechas, y para eso se necesita buena información y confianza entre la ciudadanía, las organizaciones y las autoridades. Entre más participativa y detallada sea la evaluación, menor es el riesgo de que queden zonas sin atender o de que se dupliquen esfuerzos sobre las mismas.

¿Qué papel tiene la comunidad en las primeras horas de una emergencia?

Otra vez: empieza antes de la emergencia. Cada vez que hablo con un grupo pregunto quién participó en el simulacro nacional de octubre; cada año son más, pero todavía muy pocos. Prepararse es lo primero. Ya en la emergencia, lo segundo es controlar el daño y evitar que la situación empeore: usar el kit de emergencia, protegerse, dar información y trabajar en red ciudadana para aportar datos. Quienes están fuera del evento pueden apoyar monitoreando y reportando en los mapas ciudadanos, como OpenStreetMap, y esperar a entender cuáles son las necesidades reales para complementar la asistencia del Estado. Porque ese es el orden correcto: el Estado debe ser el primer proveedor de asistencia y la ciudadanía complementa.

¿Qué conocimiento pueden aportar las personas que viven en el territorio a los equipos especializados?

Es absolutamente esencial, y el ejemplo de Haití es una joya que nos enseñó su valor. Las comunidades ya están ahí. Hoy la arquitectura humanitaria internacional —articulada por el IASC, con los clústeres globales por sector, el ciclo del programa humanitario, los planes de respuesta humanitaria, fondos como el CERF y los llamamientos— reconoce cada vez más lo que las comunidades pueden hacer: dan información, conocen a su gente, saben quién falta; si hay que evacuar, saben quién tiene poca movilidad para ayudarlo; saben qué come la gente y ayudan a mantener su dignidad. Por eso la ONU impulsa la agenda de localización, para dar mayor protagonismo a los actores locales. Pero, insisto, todo eso rinde frutos solo si hay buena preparación.

¿Cómo se puede involucrar a la comunidad sin ponerla en riesgo?

Con un principio por delante: acción sin daño. Involucrar a la comunidad sin ponerla en riesgo empieza por prepararla antes, con formación y roles claros, y por coordinar siempre con la autoridad oficial en lugar de actuar por cuenta propia. En lo práctico: la comunidad no debe ingresar a estructuras colapsadas o inestables ni a zonas con riesgo de réplicas —el rescate técnico es tarea de los equipos USAR certificados—; conviene canalizar la solidaridad a través de estructuras reconocidas; y hay que cuidar la información, protegiendo los datos personales y la dignidad de los afectados, con especial cuidado frente a personas desaparecidas y menores de edad, y sin difundir rumores ni datos sin verificar. Mucho del aporte más seguro se hace “a distancia”: monitorear y reportar en mapas ciudadanos, traducir, verificar información. También hay que cuidar el bienestar emocional de quienes ayudan, porque la exposición al sufrimiento agota, y garantizar condiciones básicas de seguridad y elementos de protección. Involucrar bien a la comunidad no es usarla como mano de obra de emergencia: es reconocerla como un actor con conocimiento, cuidándola en el proceso.


Mencionamos la “regla del no arrepentimiento”. ¿Qué más hay en la gestión de incidentes?

El “no arrepentimiento” es solo una regla de decisión dentro de un cuerpo doctrinario más grande: la gestión de incidentes, que nació de los incendios forestales de California en los años setenta y hoy vive como el Sistema de Comando de Incidentes (SCI), que en Colombia se encarna en el Puesto de Mando Unificado (PMU). La idea de fondo es poner orden en el caos con una estructura común que cualquiera reconozca, sin importar de qué entidad venga. Más allá del no arrepentimiento, estos son los pilares que yo destacaría:

  1. Organización modular y escalable. El sistema se arma sobre cinco funciones —Comando, Operaciones, Planeación, Logística y Administración/Finanzas— que crecen o se contraen según el tamaño del evento, sin tener que rehacer la estructura.
  2. Unidad y cadena de mando, y comando unificado. Cada persona responde a un solo jefe; y cuando concurren muchas instituciones se usa el comando unificado (el PMU en Colombia), donde comparten objetivos y deciden juntas sin perder su línea de mando.
  3. Alcance de control manejable. La regla del 1:5 (entre 3 y 7 personas por supervisor). Cuando alguien tiene demasiada gente a cargo en plena emergencia, el sistema falla; por eso se abren nuevas ramas.
  4. Manejo por objetivos y Plan de Acción del Incidente (IAP). Se trabaja por periodos operacionales, con objetivos claros por periodo, siguiendo el ciclo de planeación. Nada de improvisar indefinidamente: se planifica, se ejecuta, se evalúa y se replanifica.
  5. Gestión integral de recursos. Aquí está el “tipado” de recursos —lo mismo que hacen INSARAG (liviano/mediano/pesado) y los EMT (tipos 1/2/3)—: saber qué capacidad tiene cada equipo, registrarlo al entrar (check‑in) y controlar su estado (disponible, asignado o fuera de servicio).
  6. Rendición de cuentas y “nada de freelancing”. Todo recurso se registra, se rastrea y se da de baja formalmente. El enemigo número uno es el auto‑despliegue: llegar por cuenta propia sin ser solicitado ni coordinado. Suena solidario, pero satura y estorba; por eso los USAR no se auto‑despliegan, esperan el llamado y reportan en el Virtual OSOCC.
  7. Terminología común y comunicaciones integradas. Se habla en lenguaje claro, sin códigos internos, para que bomberos, salud, ejército y ONG se entiendan. La interoperabilidad de las comunicaciones es parte del diseño.
  8. Imagen operacional común. Los SitReps, el OSOCC y los datos existen para que todos miren el mismo tablero. Las decisiones sin imagen común son apuestas.
  9. Seguridad primero y transferencia formal del mando. Hay una figura de seguridad velando por los respondientes (en un sismo, las réplicas), y el cambio de mando se hace con un briefing de traspaso formal, no un “ahí te dejo eso”.
  10. Movilización y desmovilización planificadas. Así como se planea entrar, se planea salir: el stand‑down ordenado evita irse demasiado pronto o quedarse de más consumiendo recursos.

Un matiz importante: en el mundo humanitario internacional rara vez hablamos de “comando” entre organizaciones —nadie manda sobre otra agencia—; hablamos de coordinación (OSOCC, clústeres). El comando opera hacia adentro de cada institución; entre instituciones, lo que hay es coordinación. Confundir ambas cosas es una fuente típica de fricción.

Visto así, el no arrepentimiento es la contracara de dos ideas: la escalabilidad (puedo agrandar y luego achicar) y la reversibilidad (es más fácil devolver recursos que recuperar tiempo perdido). Por eso se prefiere pecar por exceso al inicio.

En una emergencia de gran magnitud, ¿cómo se pasa de la respuesta inicial a una operación humanitaria sostenida?

Cuando una emergencia es de gran magnitud y supera la capacidad del país (lo que antes vimos como Scale‑Up), la respuesta no se queda solo en la lógica de rescate y manejo del incidente: se conecta con la arquitectura humanitaria internacional. Si no existe, se establece —o se refuerza— un Equipo Humanitario de País.

El Equipo Humanitario de País (EHP / HCT). Es el foro estratégico de decisión de la respuesta dentro del país, la contraparte del IASC a nivel nacional. Lo encabeza el Coordinador o la Coordinadora Humanitaria (con frecuencia el Coordinador Residente de la ONU con doble sombrero) y lo integran las agencias de la ONU, la OIM y las ONG nacionales e internacionales, con el Movimiento de la Cruz Roja como observador. Fija prioridades, asegura la coordinación y responde ante las personas afectadas. En países como Colombia ya existe; en otros se activa cuando hace falta.

Todo esto se ordena en un ciclo anual, el ciclo del programa humanitario (HPC), con pasos encadenados que se repiten cada año:

  • El Panorama de Necesidades Humanitarias (HNO). Es la foto de la necesidad: cuántas personas están afectadas, dónde, con qué severidad y qué requieren. Aquí entra buena parte de mi trabajo con datos —las personas en necesidad (PiN) y la severidad—, porque de esa foto dependen todas las decisiones que siguen.
  • El Plan de Respuesta Humanitaria (HRP). Traduce esa necesidad en un plan: objetivos, actividades, quién hace qué y en qué territorio, y cuánto cuesta.
  • El llamamiento de fondos. En una emergencia súbita se lanza primero un Llamamiento Urgente (Flash Appeal) en cuestión de días; luego, en el ciclo anual, el llamamiento asociado al HRP. Y para no esperar a que llegue el dinero, existen mecanismos como el CERF —con su ventana de respuesta rápida— y los fondos mancomunados de país, que permiten arrancar de inmediato.
  • Implementación, monitoreo y evaluación. Se ejecuta, se hace seguimiento y se evalúa; y el ciclo vuelve a empezar al año siguiente, ajustándose a cómo evoluciona la crisis.
  • Clústeres: activación, desactivación y migración a sectores. Cuando la capacidad nacional se ve superada y hay vacíos de coordinación, se activan clústeres por sector (salud, agua y saneamiento, protección, etc.), cada uno con una agencia líder. No son permanentes: al estabilizarse la situación se desactivan o migran a estructuras lideradas por el gobierno —los “sectores” o mesas nacionales—. La diferencia clave es que el clúster es el mecanismo de refuerzo del IASC, mientras que el sector es la coordinación liderada por las autoridades nacionales. En Colombia, de hecho, la coordinación se articula más por sectores y mesas —y por el EHP y el GIFMM para el tema migratorio— que por el sistema clásico de clústeres.

Desescalada y permanencia. Cuando el IASC decide finalizar o desescalar la activación de gran escala, la comunidad humanitaria no se va: permanece para acompañar la siguiente fase —la recuperación temprana y la continuidad de la respuesta— y para la transición hacia el desarrollo, entregando gradualmente el liderazgo a los sistemas nacionales y a los actores de desarrollo (el nexo humanitario‑desarrollo‑paz). La emergencia se cierra en el papel mucho antes de que las necesidades se cierren en el terreno; por eso la salida también se planifica, no se improvisa.

Un llamado urgente a la solidaridad y la responsabilidad

Ante el impacto de esta emergencia, nos une un profundo sentimiento de solidaridad y condolencias con cada persona, familia y comunidad golpeada por este desastre. La respuesta humanitaria no es solo una labor técnica; es, ante todo, un acto de humanidad para devolver la dignidad y sostener la vida en los momentos más oscuros.

Sin embargo, la solidaridad no basta si no va acompañada de responsabilidad y preparación.

  • A las autoridades: Es indispensable revisar, actualizar e implementar sin demora los protocolos y planes de gestión del riesgo. Contar con normativas no sirve de nada si los funcionarios en el terreno no las conocen o si se improvisa en las salas de crisis.
  • A las comunidades: La preparación empieza en casa y en el barrio. Conocer los planes de evacuación, participar en los simulacros y organizarse es la primera línea de defensa para proteger a los nuestros.
  • A la comunidad internacional: El apoyo técnico y financiero debe fluir con celeridad, alineado siempre con las necesidades reales del país y bajo el principio de no generar más daño.

Las emergencias no esperan a que estemos listos. No tenemos tiempo para fallar. Cada minuto perdido y cada protocolo ignorado se traducen en vidas vulnerables. Es momento de actuar con la máxima rigurosidad, coordinación y compromiso.


Un abrazo solidario. 

@luishernando


Enlaces de referencia 

  • UNDAC – OCHA: https://www.unocha.org/united-nations-disaster-assessment-and-coordination
  • INSARAG (clasificación IEC de equipos USAR): https://insarag.org
  • Colombia – USAR‑COL 1 (reclasificación IER, 2026): https://insarag.org/uncategorized/ier-col-01/
  • OMS – Emergency Medical Teams (EMT): https://www.who.int/emergencies/partners/emergency-medical-teams
  • GDACS y Virtual OSOCC (OCHA y Comisión Europea): https://www.gdacs.org
  • IASC – Humanitarian System‑Wide Scale‑Up (antes L3): https://interagencystandingcommittee.org/humanitarian-system-wide-scale-activation
  • Ushahidi – Haití 2010 (mapeo ciuddano) https://www.ushahidi.com/in-action/independent-evaluation-of-the-ushahidi-haiti-project/